Entre el musgo y la piedra [Akaji x Zelwaru] [+18]

Akaji despertó abruptamente luego de que un estruendo hiciera temblar su improvisada tienda. Lo primero que hizo fue levantarse de un salto, buscando con torpeza su lanza mientras trataba de incorporarse. Por suerte, solo se trataba de un camarada suyo, que había tropezado y había caído sobre la tienda.

— ¡Zagota de mal agüero! ¡Estaba durmiendo! — exclamó el recién levantado, pegando al tipo una patada.

— ¡Lo siento, mon! — se excusó, dando tumbos mientras se alejaba. — Ha sido este mal bicho — exclamó mientras señalaba a otro trol más joven. Se trataban de dos hermanos procedentes de la tribu Secacorteza, quienes rondaban los veinte y dieciséis años respectivamente. 

— Tenéis el suficiente musgo en las pelotas para no ir tomando a estas horas y más tan lejos de la próxima aldea — les regañó Akaji, trol de la tribu Amani y quien les sacaba más de veinte años, mientras los agarraba cada uno de un hombro y los empujaba bruscamente. — ¡Mañana hablaremos, iros a dormir de una vez!

Los jóvenes echaron a correr entre traspiés, apenas mirando hacia atrás. Una vez los perdió de vista, tuvo que volver a montar la tienda, entre maldiciones. Algunos que habían asomado sus cabezas medio adormilados, mascullaban otros improperios o reían ante aquella ridícula escena. 

Nadie hizo el ademán de querer ayudarlo, ya fuese por el agotamiento o por miedo a recibir también…al menos hasta que alguien se acercó, entre bufidos.

— Anda, vamos, que no tengo muchas ganas tampoco de tenerte tanto rato haciendo ruido — le había dicho el recién llegado, con un tono contenido. No supo si estaba quejándose o conteniendo la risa.

— Vas a recibir tú también, Zel — espetó Akaji.

— Prefiero que te esperes a mañana porque ahora mismo acabo de tomarme una cosa que me ha dejado… ¡uy! — le respondió, quién era un zandalari llamado Zelwaru. Pertenecía a una tribu que había escuchado muy de pasada, y no con buenas palabras, que respondía al nombre de Kalaris. 

Dando su brazo a torcer, Akaji se limitó a encogerse de hombros y prosiguió arreglando la tienda. Agradeció a Zelwaru la ayuda, pero al verle que decía la verdad y que también empezaba a andar de lado, le hizo parar.

— Quédate esta noche aquí, venga — le había tomado del brazo para guiarlo hasta allí.

— Me he dejado las cosas al…

— Tranquilo, sé que Inaya y Nemuh te vigilarán bien las pertenencias. Andando.

Habían parado y acampado entre las montañas que separaban las Tierras del Interior con las Tierras Altas, luego de haber recorrido millas y millas de peregrinación en nombre a la loa Torcali. Su historia con el culto y lo que le llevó a estar años alejados de Zul’Aman era larga y le había traído dolor por aquellos de su sangre que jamás comprendieron que su destino estuviera más allá de los muros de la zul.



Akaji siempre pensó que aquel sacerdote de la loa, cuando apenas era un macho llegado a la adultez, le había salvado obrando como herramienta de la propia Torcali, señalándole su camino. Y eso le hizo también conocer otros lugares donde una vez gobernó el Imperio Trol o donde quedaron sus resquicios. 

Saber el hecho de que sus padres murieron considerándolo un traidor o que su hermana melliza hablaba pestes de él dentro y fuera de la zul era un sacrificio que estuvo dispuesto a asumir por aquel entonces, y más cuando había encontrado entre otros peregrinos su verdadero lugar.

Una hembra de jungla, perteneciente a la tribu Lanzanegra — una tribu que despreciaban los amani por su falta de orgullo al unirse a una Horda donde imperaban asquerosos elfos — le dio cierto consuelo y su amistad cuando éste llegó a Zandalar por primera vez. En uno de sus encuentros posteriores acordaron tener un hijo juntos, porque ella buscaba ser madre y no necesitaba encontrar a un compañero para ello. En otras circunstancias se habría negado, pero ella le había estado hablando de una hermana gemela que los había dejado atrás. 

No supo bien si por la culpa de pensar en su propia melliza o porque una parte de él comprendía lo que era ser dejado de lado por aquel con quien compartió el vientre de su ma’da, pero accedió y a su siguiente visita pudo conocer a su primer y única hija. Desde entonces siempre portaba una pulsera que le recordaba a ella.

Luego también tuvo su contacto con la tribu kalari gracias a Zelwaru. Con él las cosas resultaron más distintas que con la madre de su cachorra, porque la primera impresión que tuvo de él era la de un trol débil y fracasado. Las primeras veces incluso se burlaba de él, porque siempre traía un aire melancólico que le resultaba insoportable, pero cuando vio que era capaz de enfrentar a un oponente al que no podía derrotar por salvar a una chiquilla del grupo le hizo replantearse muchas cosas.

El propio Akaji recogió al destrozado zandalari y se encargó de sanar sus heridas. La primera vez que le tuvo tumbado entre las pieles, completamente envuelto de gasas bañadas en vino para acelerar la regeneración de sus heridas, vio una semejanza a sí mismo, no muy distinto a como debió verse el propio trol de bosque cuando el sacerdote le encontró. La primera noche tuvo que dormir abrazado a él para darle calor y si bien aquello lo recordó al principio con cierta vergüenza, terminó siendo el principio de una amistad que traspasaría algunos límites que Akaji nunca esperó cruzar.

Con el tiempo empezaron a hablar más y ha contarse partes de su pasado de forma escueta, pero lo suficiente para saber que Zelwaru había sido un mozo de Redil que fue exiliado a un desierto altamente mortal por defenderse de un soldado del Rey Rastakhan corrupto por un loa de sangre al que llamaban G’hunn, en una época que no había salido a la luz aquel peligro que se cernía sobre los Zandalari. También le habló de la tribu que lo acogió después y de cómo se enamoró de otro trol de bosque.

Akaji hacía bromas como que era un adicto al musgo, pero entre broma y broma, la verdad de que el kalari le despertaba una lujuria dormida asomaba.

Respetó el dolor de Zelwaru una vez se percató de que le interesaba y cuando éste regresó con los suyos junto a la cachorra a la que había salvado, adoptada como su hija, el amani sintió cierto vacío. 

La segunda vez que coincidieron en otra peregrinación, le vio con un semblante más radiante y recuperado. Akaji se permitió sacar sus “encantos” cuando tenían tiempo para relajarse y hablar, hasta el punto de compartir tienda durante mucho tiempo.


“Mi wassadim se llama Haezan” le dijo antes de yacer juntos por primera vez, como dos amigos que podían permitirse llegar al punto de desahogar su lujuria. A Akaji no le importaba “repartirse” porque no creyó nunca en la posesión con otros trols. Él mismo había estado compartiendo catre con la madre de su hija todas las veces que la visitaba y no resultaba hiriente en aquel caso que su Zelwaru pudiese tener a otro macho en su respectiva tribu.

Desde entonces así ha sido su dinámica todas las veces que han peregrinado juntos.


Aunque aquella misma noche, en aquel preciso instante, no iban a chuscar de ningún tipo. Le colocó a su lado, mientras el zandalari acomodaba la cabeza sobre su pecho, sin tener problemas para conciliar el sueño. A Akaji le costó más, porque aún estaba enfadado con los hermanos Sañadiente.


[...]


No habían alcanzado los primeros rayos de sol cuando el amani abrió nuevamente los ojos. Zelwaru parecía despierto, pero con la mirada ausente, mientras le acariciaba el torso con uno de sus dedos. No quiso romper aquel momento con ninguna palabra, únicamente regalándole al zandalari un beso en la frente. Zelwaru levantó la cabeza, solo para unir sus labios, a modo de respuesta.

— Cuando te dije que ibas a rec… — trató de decir Akaji, pero otro beso lo interrumpió. — Me refería a… — pero Zel no parecía tener ganas de hablar, cada vez siendo más y más apasionado.

Sin querer negarse a un polvo mañanero, Akaji le dedicó una leve mordida en el cuello, tomándole del pelo para hacer que lo expusiese y empezar así a marcarle, no sin después besar esas mismas zonas.

— Mi precioso cuernoatroz — le susurró, para luego morder su labio y llenarle de su saliva. Para Akaji, en el momento que Zel entraba dentro de sus “dominios”, era completamente suyo y no habría otro — kalari o no — que pudiese discutir eso.

— Mi jinete — le respondió el zandalari mientras apoyaba una mano sobre el pecho del amani, mientras le agarraba con suavidad su trenzada barba. Sentía como aquellos brillantes ojos azules devoraban cada parte del cuerpo en el que posaba su mirada.

— ¿Tienes hambre, acaso? — bromeó el trol de bosque, sin soltar en ningún momento la larga cabellera de su amante, con un deje divertido entre tanto deseo en su voz. 

Zelwaru solo le sonrió, con picardía.

Akaji se incorporó un poco hasta quedar sentado, dejando que el zandalari acercara nuevamente el rostro hacia su pecho. Sintió su lengua recorrer su piel hasta tocar el pezón, empezando a recorrerlo en formas circulares, dibujando su forma. Gimió con tono ronco, sintiendo un escalofrío que erizó el vello de su cuerpo.

Zelwaru le devolvió cada una de las mordidas que el propio Akaji le había dado minutos antes, marcando todo su pectoral más cercano mientras que el otro era amansado por su mano, pellizcando el otro pezón. Con ello bufó más fuerte, pero Zel fue rápido en taparle la boca para que el sonido muriese en su garganta. 

— Recuerda que el resto aún duerme, aunque esté a punto de amanecer — le dijo antes de pegarle un leve taco al pezón que tenía saboreando.

— Que hijo de un bicho eres — fue lo que alcanzó a decirle antes de apartarle la mano. — Voy a tener que mantener un rato esa lengua ocupada.

Un silbido ahogado salió de Zelwaru, dedicando una mirada de complicidad antes de que Akaji bajase su cabeza hacia la erección que presentaba. Le dio unos toques en los labios con la punta hasta que los separó. Sentir la humedad de su boca empapar el falo, haciendo un contraste de temperaturas durante escasos segundos, le encendió todavía más.

La visión del zandalari tomando una postura sumisa mientras rodeaba la base con sus dedos, y se dejaba llevar por el ritmo del amani, solo consiguió que empezase incluso a ir más deprisa. Susurró su nombre mientras mantenía el agarre de su pelo y marcaba cada subida y bajada, sintiendo el roce de los colmillos de Zelwaru en la piel de sus muslos, más pequeños que los del propio Akaji y con uno de ellos partido por la mitad, facilitando la más la felación.

— Tócate — le ordenó el trol de bosque. — Quiero ver que tú también disfrutas.

Y así lo hizo, el zandalari tomó su polla y empezó a aliviarse con la mano que tenía libre mientras seguía entregando placer con sus labios y su lengua. Akaji creía que enloquecería ante aquella deliciosa escena, digna de la lujuria de Ezili, tratando de no dejarse llevar demasiado con el vaivén para no lastimarle. También tragaba saliva cuantiosas veces al sentir los gemidos luchar por salir de su boca, tratando de no alborotar la tranquilidad del campamento.

Entonces, decidido a reclamar aquel cuerpo como suyo — al menos en la fantasía del momento — Akaji le hizo parar, dejando que tomase alguna bocanada de aire fresco, mientras alargaba el brazo y buscaba entre una de sus bolsas un pequeño frasco. El mismo Zelwaru fue el que se lo regaló de uno de sus otros viajes aparte, diciendo en su momento que era un aceite adecuado para facilitar “ciertas prácticas amatorias”. 

Siento que la saliva no iba a ser suficiente y no había humedad alguna que pudiese facilitar la entrada, hizo ponerse al zandalari sobre cuatro, mientras empapaba con el aceite uno de sus dedos. Separó cuidadosamente sus nalgas y comenzó a acariciar el orificio por encima mientras lo empapaba. Se percató de que esta vez había sido el cuerpo de Zelwaru el que había dado el respingo, cuando al fin pudo introducir el dedo sin hacerle daño, y no pudo evitar soltar una leve risa. Estuvo estimulando ahí mientras lanzaba algún que otro mordisco en uno de sus glúteos, divertido.

— Por los loa, Akaji, fóllame ya — espetó Zelwaru, casi suplicante, mientras le miraba de reojo con las mejillas encendidas.

— ¿Cómo has dicho? — mientras tanto, Akaji terminaba de echarse un par de gotas más en su tronco, recorriendo desde el glande hasta la base.

— Que me folles…por favor…

—Mejor — respondió, satisfecho.

Llegó a escuchar el taco que le dedicó, pero hizo como que no lo escuchó, haciendo que Zelwaru se echase de lado y colocándose él detrás, en un abrazo que unía torso con espalda. Un brazo rodeó los hombros y cuello del zandalari con cuidado mientras el otro levantaba una de sus piernas para luego adentrarse en él con desesperada ansia. Una vez consiguió estar unido a él como había estado añorando estos días atrás, no se contuvo más.

Uno de esos hermanos sañadiente había desmontado casi por completo la tienda del amani, pero no descartaba que hubiese una segunda vez aunque fuese por el propio Akaji embistiendo a su amante sin contemplaciones y dado a lo reducido del lugar en tamaño. Zelwaru ahogaba sus gemidos mordiendo el antebrazo y apoyando sus manos también en éste, mientras Akaji mantenía el abrazo férreo.

Trataba de llegar hasta el fondo como si la vida le fuera en ello, abriendo bien sus fosas nasales para aspirar el aroma que desprendía el fruto de sus pasiones, mezclado entre el sudor del sexo y el fuerte olor que desprendía aquel aceite. 

— Si Lukou te hubiese dado un vientre fértil, te habría dado muchos cachorros. No habría un solo día que no te dejara sin mi smadda marcándote por completo — le decía al oído en busca de encender al otro trol, cosa que conseguía a la perfección cuando respondía complaciente a la idea. — Vuelve a tocarte…

“Riva’dim”

Haciendo alarde de su fuerza, Akaji trató de ponerse boca arriba, levantando a Zelwaru con él y dejándole todavía apoyado en su torso, con ambos mirando hacia arriba.

Con dos últimos choques de caderas pronunciados, Akaji llegó, mientras hundía  el rostro en el cuello de Zel. Cuando lo hizo el zandalari, le dejó recostarse suavemente, pasando la mano por la parte del vientre donde había derramado su smadda. Como jugarreta, Akaji miró sus dedos empapados de la esencia de su amante e hizo el ademán de querer lamerlo, lo que hizo que Zelwaru le mirase con cierto apuro.

— Uff no hagas eso — le dijo, pero siguiendo el tono bromista de la escena.

— ¿Por qué no? Todo lo que venga de ti me encanta — rio el amani. –– Tu esencia, tu ser, tu belleza…

Se besaron con cariño. El sol ya estaba saliendo.

Como todavía no escucharon mucho movimiento fuera, ambos se quedaron entre las pieles abrazados, disfrutando del calor que emanaba sus cuerpos.

— ¿Me estarán echando de menos esas dos pequeñas cabezas inquietas? — le preguntó Zelwaru, dando por sentado que se estaba refiriendo a Inaya y a Nemuh.

— Lo dudo. No creo ni que vean raro a estas alturas que te la pases más tiempo conmigo por las noches.

— Es que hace mucho tiempo que he estado priorizando en protegerlas mientras estemos fuera de la isla de nuestra tribu.

— Estarán bien. Somos los suficientes para cuidarnos las espaldas.

Sintió otro beso por parte del zandalari en su pecho, dado con cierta dulzura que le hizo sonreír como un zagota.

— Ezili te regaló un buen par de… — Zelwaru tenía una debilidad notable por el vello que poblaba sus pectorales, pero eso no le molestaba. Hasta le resultaba más excitante el tener algo que pudiese despertarle la misma lujuria insaciable que hacía con él. 

— A ti esto de aquí — trató de tomarle una de sus nalgas, dando un leve apretón, pero también besó su frente. — Y esto. Y esto —fue repartiendo besos por su rostro hasta que volvió a juntar sus labios a los de él.

A veces se preguntaba si le estaba poniendo en un compromiso con el macho que le esperaba en la isla, al que llamaba Haezan, cuando le trataba con aquel cariño. Se trataba de justificar con que era muy propenso a ponerse especialmente meloso después del acto, como incluso lo había hecho con Ereka muchas veces – la madre de su cachorra – pero terminaba reconociendo que Zelwaru era el favorito de sus amantes. 

Quizá incluso su mayor debilidad en aquellos momentos.


“¿Me la estaría jugando mucho si le dijese que le quiero?”


Trató de apartar aquella frase y decidió aprovechar los últimos momentos que le quedaban antes de que tocase romper el abrazo para levantarse y empezar el nuevo día.


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