Regreso [Zu'kumbo x Okena] [+18]
Okena estuvo explorando una de las islas vecinas al poblado kalari durante dos días.
La tribu buscaba aprovechar todos los recursos posibles y la cambiapieles se ofreció, destacando que su capacidades de exploración y caza podían ser útiles, y más cuando en dicha isla parecía ser tierra de raptores. Para ella, tanto por su instinto como por lógica, le parecía ser un lugar de culto su loa, Gonk. Se basó en la escueta descripción que le dio Zelwaru cuando fue a buscar a un kalari en plena prueba de adultez.
Pudo ver más fauna, concentrada en lo más profundo de la isla, donde moraba un altar tallado en piedra en la que los siglos pesaban en su superficie por el estado de deterioro.
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Cuando regresó, con más preguntas que respuestas, decidió ver el atardecer en la arena de la playa, cerca de donde estaba el improvisado altar a Torga, mientras sacaba un pergamino y empezaba a escribir toscamente con el dedo, empapado de una de sus tintas improvisadas. Sí no estaba Zu’kumbo con los cachorros, éstos estarían al cuidado de Zhima, por lo que repasó la información con calma, comiéndose el último trozo de carne seca sazonada que se había llevado allí como parte de las provisiones.
Al anochecer regresó a su tienda, más dolorida que cansada.
— He vuelto — saludó despacio, viendo a Zu’kumbo dirigirse a la parte más alta de la choza. Los cachorros estaban durmiendo en sus pieles, notablemente exhaustos dado el desorden que había a su alrededor.
Okena estiró los brazos al segundo de saludar a su compañero, sonando un crujido seco en su espalda.
— Parece que alguien necesita un descanso — dijo su compañero, a modo de saludo, mientras se acercaba a ella. No habían estado mucho tiempo estos días porque sus tareas y obligaciones no les dejaron coincidir por un par de semanas. La rodeó con sus brazos, en un gesto cariñoso, mientras aplicaba presión con sus dedos en la zona donde sonó el crujido, por debajo de los omoplatos.
Pasarse las noches subida en lo alto de un árbol, sentada en tensión constante por las bestias nocturnas, le pasó factura.
— Gracias — agradeció, más aliviada. — Sabes bien donde tocar.
Si bien lo había dicho como una broma más tranquila, el roce de su cuerpo al de su macho le hizo sentir un cosquilleo en su vientre y empezó a dudar sobre la “inocencia” de su frase.
— Bueno, tengo más que comprobado donde necesitas más cuidados, aunque ahora sea algo leve — respondió Zu’kumbo, aflojando la presión hasta convertir sus movimientos circulares en caricias.
— Es mucha tensión, ¿verdad?
Okena se apoyó en él, buscando prolongar un abrazo, relajando su cuerpo.
— Estarás deseando echarte en la choza — él besó su hombro, mientras tomaba algunas de las correas que sujetaban sus ropas y las dejaba caer en el suelo. — Me encargaré de aligerar ese peso.
Okena apoyó la cabeza en el hombro del macho y vio que no era únicamente cosa de ella, viendo que Zu’ku también había añorado el calor abrasador de Ezili, dejándolo bien claro mientras le quitaba todo el peso del cuerpo y marcaba con sus dientes cada zona recién despejada.
— Tranquila, esta noche no tendrás que llevar nada más.
La cambiapieles humedeció sus labios, sintiendo el hormigueo de su abdomen bajando hasta hacer temblar sus piernas.
— ¿Tienes hambre, maestro? — Okena le sonrió con picardía. Le ayudó a deshacerse de las pocas prendas que le quedaban, exponiendo su desnudez al único depredador por quien se dejaba cazar.
— Siempre tengo hambre de mi mayor presa — dijo poco antes de acercarse a sus senos, dándole una pequeña mordida en uno de ellos.
Había echado de menos cada parte de él rodeando su ser, quemando su piel y enloqueciendo su razón durante esas noches donde no existía nada más allá de las pieles donde yacían.
— ¿Sabes? Yo también estoy hambrienta — fue bajando la mano por el torso y vientre del maestro hasta dar con su ansiado manjar, acariciando por encima de su pantalón.
— ¿Mi hembra ha vuelto con hambre? Eso es algo que no puedo permitir, siempre me encargo de traerte buenas piezas.
Zu’kumbo se deshizo de lo poco que tenía puesto, dando vía libre a que Okena rodease suavemente el falo con sus dedos. Notaba como crecía en la palma de su mano, estimulando sin apartar la mirada en ningún momento de su premio.
— Ambos tenemos hambre, así que se me ha ocurrido una idea — se mordió el labio, ladeando la vista hasta las pieles donde normalmente dormían. — Vamos, necesito que te pongas cómodo.
Lo guió hasta allí, tomándole de la mano, tratando de no alzar su voz entre risas. Él le dio una juguetona palmada en una de sus nalgas mientras la seguía. Le hizo tumbarse mientras se colocaba encima, compartiendo ambos una mirada de pura lujuria antes de besarle.
Buscó la calidez de su boca con una sed desesperada, entrelazando su lengua con la de él con anhelo. El contacto de ambas pieles desnudas, con el roce de sus senos sobre el torso de su amado solo hizo que encenderla más. Tenía hambre de su cuerpo, de su esencia, de su carne… bajando por su cuello y pecho con pequeñas mordidas y besos cariñosos sobre las marcas que iba dejando.
Tragando saliva y dedicando una última mirada cargada de deseo, le dio la espalda para colocarse a cuatro patas por encima, encarando la erección del macho mientras bajaba sus caderas hasta dejar su sexo al alcance de él. Zu’ku la acomodó lo suficiente para dar la primera lamida, haciendo que se le escapara de sus labios un jadeo entrecortado. Encendida por completo, respondió recorriendo el tronco de abajo arriba, recorriendo con movimientos circulares la forma del glande.
— Echaba de menos esto, han sido tantos días… — dijo una última vez antes de introducirlo en su boca, con lentitud, saboreando cada parte y disfrutando cada segundo.
No obtuvo respuesta, pero poco importaba cuando ambos se habían entregado con tanto ahínco al sabor de sus cuerpos. Zu’kumbo saboreaba y bebía de ella ansioso, con lamidas y caricias donde más le hacía temblar de placer; y ella le respondió relajando su garganta para tratar de tocar la base con sus labios. Escuchar el jadeo del macho fue un buen incentivo para comenzar a mover su cabeza en un vaivén, entregada a él por completo.
Ambos se alimentaban y se saboreaban mutuamente, sin importar nada más. El haberle echado de menos, junto con las múltiples noches donde había sentido el frío solitario que dejaba la falta de su cuerpo y de su compañía, hicieron que su piernas comenzaran a temblar y a tensarse.
Sintió que estaba cerca, cosa que le hizo ir más deprisa, buscando que él también respondiese de la misma manera, idos por la lujuria. Terminó parando unos segundos cuando llegó, pero sin sacarlo de la boca, disfrutando cada instante que duró la oleada de placer, entre gemidos ahogados. La respuesta de Zu’kumbo fue a incorporarse un poco, dejando caer las caderas de la hembra para alargar el brazo hacia su cresta.
Okena le invitó con un agarre a su muñeca a que le cogiese el pelo, invitándole a controlar él mismo el ritmo, mostrándose completamente sumisa — sabía que a él le encantaba — y dejándose hacer. Pese a que el movimiento había incrementado de una manera frenética, sabía cómo hacerlo sin lastimarla, complementándose en sus deseos.
Mientras tanto, ella empezó a tocarse mientras miraba de reojo a su wassa’dim sin perder detalle de sus gestos, y tratando de usar su lengua pese a que él tenía el control, estando tan fuera de sí que alcanzó un breve segundo orgasmo.
Y en un jadeo vociferado con fuerza por parte del macho, Okena saboreó su smadda, llenándola.
Al aflojar Zu’ku su agarre, ella levantó la cabeza y le dedicó una mirada divertida pero lasciva.
— Mi maestro tiene buen sabor — le susurró, tocándole un poco más, antes de dejarle descansar.
— No iba a dejar a mi hembra con hambre… — por su gesto, parecía que estaba disfrutando de las vistas.
No pararon a partir de aquel momento, pero disfrutaron un rato de la calma y del calor de ambos abrazados entre las pieles, entre besos y caricias.

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